Bar.

Entré en el bar. Estaba oscuro. Fuera, el sol tempranero de verano, había castigado mi corneas, me había dejado las gafas de sol en el coche. Mi cabeza en otro sitio y el hecho de tener que llevar los días de sol dos gafas,  hace que mañanas como la de hoy me quede casi ciego en la calle.

                                                                  una-mujer-sola

La tele es el único sonido aprovechable en el local. Tertulia política. Tengo el tiempo justo para tomar un descafeinado y arrastrarme al trabajo. Lo pido al camarero que deja de colocar las sillas para atenderme.  Tarda cero minutos en calentar la leche y poner la taza con los sobres en el mostrador.  No me parece que tenga mucha gana de charla así que, mientras abro el sobre de Nescafé, intento pillar el hilo de la conversación en la pantalla. Lo de siempre. Así que me voy a tomar rápido el descafeinado y poca cosa mas.

Al levantar mi taza me doy cuenta que no estamos solos el mozo y yo. Al fondo del local, rozando la oscuridad que emerge del comedor cerrado, hay una pareja que da la espalda a la puerta y a la zona de barra. Ella morena, melena que le cae por la espalda, agarra la mano de él, que esta sentado a su izquierda. Gafas, pelo corto y negro. Se miran con una dulzura especial mientras hablan muy bajo y se rozan entre las dos tazas de café que reposan en la mesa junto al servilletero.

Me pregunto por sus vidas, las interrogantes de siempre. ¿Que les ha traído hasta aquí a esta hora tan temprana, en este polígono alejado de la ciudad? Iran a trabajar. ¿Los dos al mismo polígono? Es su marido, la ha traído a trabajar y se toman el primer café, o al revés. Se trata de ese tipo de estúpidas interrogantes que me hago cada vez que no tengo otra cosa mejor que hacer.

El sube su mano hasta su rostro. Ella apoya su cara en la palma de éste y veo como el hombre le roba una lagrima de la cara, al mismo tiempo que la mujer baja cabeza aumentando el sollozo.

Mas intriga. Ahora por saber que pasa entre ellos.

El hombre no se atreve a besarla pero se inclina hasta  donde esta la mujer. Para ello aparta las tazas. Al hacerlo recala en la presencia de este fisgón que les mira desde la barra, lo que me hace volver a la tertulia de la tele.

Creo que la mujer no deja de llorar y su llanto se me antoja en aumento.

El hombre se ha levantado. Antes ha soltado la mano de ella, y ha acariciado su cabeza en un gesto mas de compasión que otra cosa. Ha dejado un billete en la mesa y sale ligero de cualquier culpa del bar, mientras el camarero limpia mesas, la tele tiene anuncios de galletas y yo no paro de mirar la gimiente figura sentada en la opacidad del local.

                              bola. 

 

 

 

 

 

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