La Señora.

Maria ha terminado pronto de limpiar la cocina. Normalmente los Señores suelen quedarse mas tiempo charlando. Inusualmente, hoy se fueron rápido, cada uno a un destino.Antes, Maria ha tenido que dejar la cena hecha por si regresaran con ganas de consumirla.

Maria lleva en casa de los Suarez mas de treinta años, toda la vida. Ha visto nacer la hija que ahora ya han volado lejos de la gran casa. Ha servido a los Señores desde la mayoría de edad. Ahora que ronda los cincuenta, Maria entiende que no sabe hacer otra cosa. Lo entiende porque en realidad no es de otra manera. Ha estado en aquella casa toda su vida. En aquella casa y en la finca, en el chalet de la playa e incluso en una ocasión, cuando la niña era pequeña, viajo con la familia hasta Paris.

Ha dejado, como siempre, todo en perfecto estado de revista, de la única y sabida manera en la que se ahorra reproches de la Señora.

Maria aprovecha el espacio extra para lo que ella llama su tiempo. Un buen baño, poniéndose  sales que ella no ha comprado. Se  ambienta con aromáticas velas  y  se sirve, en una copa de caro vidrio, un vino, del bueno,  ese que solo saborea el Señor. Se lo merece. Es  ese regodeo  mínimo que se toma a modo de licencia. Tiempo libre extra en soledad, placer robado.

Luego hurgará la Red. Sentada en el aislamiento de su cuarto, volará a su mundo, ese que no sabe si es el real. Pero que llena su espacio desde que  hiciera el curso de informática animada por la señora que también la incitó a atesorar  el mejor portátil con el que ahora vuela por el entorno de su existencia.

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Maria, que allí no es Maria si no Raquel, escapa de las paredes y se convierte en una prestigiosa abogada de una ciudad mediana de su país. De buena posición, de familia religiosa y conservadora. Casada sin ganas,  y con una hija a la que llega a ver junto a ella en su casa grande de la mejor zona residencial. Libre para vivir y para disfrutar de la vida, Raquel conoce a mujeres de otros sitios, de otros lugares, con otras vidas. Con otros secretos. Allí Raquel es  una mujer liberal, buena amante, abierta a todo y escondida en un matrimonio perfecto que le repercute comodidad y posición.

Allí Raquel confiesa amores y deseos de una vida vibrante, envuelta en placeres y éxitos laborales, rodeada de conquistas y fingiendo enamoramientos y apetitos  inconfesables en su vida real. Allí Raquel se siente enamorada de su criada Maria, la que está junto a ella desde siempre, a la que mete en su cama cuando la ausencia de su esposo se lo permite y su ansia de mujer le llama.  Maria  es a quien hace suya con pasión cada vez que tiene oportunidad, es reciproca a todo con ella, porque, como cuenta a sus amigas de internet, la adora.

En el sigilo de su tarde, el teléfono de la casa retrae a Maria del mundo de Raquel.

Maria toma el receptor contestando como su señora le ha indicado desde siempre.

-¿Maria? Hola, Soy Ricardo, el compañero de trabajo de la Señora Raquel, sé que no está, pero no consigo que me conteste al móvil, por favor, cuando regrese le dices que me subo al avión sin problemas. A mi llegada la llamaré.

– De acuerdo Don Ricardo. Así se lo diré.  Que tenga usted buen viaje señor.

– Gracias Maria.

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                                              bola.-

 

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