La llamada.

 

Una puta mentira.  Su vida, una puta mentira, siempre lo había pensado.

Sobre todo desde el momento en que aquel hombre se cruzó en su vida. Aquel restaurante cerca de la oficina, la primeras miradas el primer día. El comía solo, ella con las compañeras.  Al salir, ya notó sus marrones pupilas en su espalda.

Vinieron más comidas, mismo restaurante, mismas mesas, más miradas, más constancia. Pensó en tres segundos, ante la pantalla de su ordenador el grado de perturbación que le producía aquel extraño en el restaurante. Era una hora de insinuación-contemplación. Cinco veces a la semana. Especuló tanto con ello que  ideaba como poder conocerlo. Fantásticamente, en el mutismo que genera la mente en los secretos de cada humano, imaginaba aquellos ojos cerca de su cara. Examinando cada gesto, cada rasgo de aquel hombre que revisaba cada movimiento suyo en aquel restaurante. Hasta entones aquella experiencia nunca había sido gastada en su existencia. Todo nuevo para ella, madre, esposa, fiel, sensata enamorada, nunca hubiera pensado tal cosa, tal estado de nervios esperando la hora de pisar aquel restaurante, mirar hacia la mesa y encontrar aquella mirada cada día más ansiosa, cada rato más ineludible.

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Cinco fechas a la semana, pensando por la mañana en la hora de comer y por la tarde en la comida del día siguiente. Luego su rutina de oficina, metro, hogar, hijos, cenas, ropa, compras, matrimonio y tras todo, aquella mirada, aquel vivificante miramiento que le turbaba. Luego el fin de semana largo y tedioso sin espera. Toda su vida se llenó de aquella mirada y la manera en cómo convertirla en realidad.

Sentía que necesitaba acercarse, o disfrutaba en su esperanza que las miradas traspasaran el espacio que los separaba, rompiendo la avaricia de dos mundos lejanos pero atrayentes.

Estaba loca por aquel hombre sin haber cruzado una sola frase, tanto, que ideó la manera de  hacerle llegar su hambre imperiosa de saber sobre él, de tenerle. Garabateó  diez veces un texto en el que poder explicar todo lo que le aportaba y lo muchísimo que necesitaba dar el paso que estaba dando. Explicó de su vida, su marido, sus hijos, su tiempo, su existencia inquebrantable hacia su esposo que estaría deseando romper. Firmó la nota con su número de  teléfono. Eso fue el sexto viernes tras la primera mirada. Aparentó ir al aseo mientras daba tiempo a que sus compañeras escalasen la oficina, y cuando hubo reunido el valor que ya daba por hecho, transitó junto a su mesa, depositando la nota doblada en folio albo.

Esperó toda la tarde, la noche y el fin de semana, manoseando el móvil con la tecla de silencio activada en constancia con su secreto y esperanza. El lunes se extendió hasta la hora de comer como un camino al cielo. Fue la primera en atravesar la puerta del restaurante. La mesa estuvo deshabitada hasta última hora en que una pareja de jubilados la asaltara.

Aquel día la comida no le hizo daño, solo un poco de sopa había alcanzado soportar. Sin esperar al café que regala el menú, huyo de sí misma y de sus compañeras mintiendo en asuntos urgentes. Justo al pisar la calle, la camarera reclamó su atención desde la entornada puerta del local.

-Perdone señora, no me conoce de nada, pero creo que debería dejar en paz a los maridos de otras mujeres.

Acompañó la frase con una mirada delatora de odio al mismo tiempo que le tiraba la nota idénticamente doblada a la cara y cerraba con desaire.

Entre sollozos, alcanzó el ascensor que la devolvía a su realidad. El octavo piso y su mesa fueron su camuflaje ideal.

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A la hora de su asqueada realidad sonó su móvil. La pantalla anunciaba un número nunca familiar.

Desechada la idea de contestar, al quinto repique venció su mentira y corrió con el aparato  hasta la zona de la máquina de café, allí estaría sola.

-¡Dígame….!!

 

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