Para cambiar.

El cuerpo solo me pide venganza. El cuerpo y el alma, si esta existe.

Solo quiero sentir ese regalado sabor  que debe corroborar que  has desagraviado el enorme daño al que has sido sometido. Es una sensación deseosa que ocupa todo mi tiempo, todo mi pensamiento y creo que toda mi existencia, porque cuando decides devolver el golpe, no puedes enfilar  otra cosa. Simplemente el deseo no te deja.

Reconozco que nunca he valido para ello. Quien recibía todos los golpes en el colegio era yo. El que no merendaba porque perdía el bocata a manos de cualquiera, aquel que no estrenaba bolígrafos ya que eran “regalados” bajo amenaza,  o por el simple deseo de caer todo lo bien que pudiera caer el más bajo de la clase, ese gafitas que hace deberes para el mas grosero, o trabaja para que no le lluevan insultos o porrazos por todo y todos. Ese era yo.

Luego, maduré. Resulta que la naturaleza negoció con mi cuerpo y llegue a pasar de un metro y ochenta centímetros. En el primer curso de universidad mi abuelo me dejó, tras  su muerte, todos los miles de euros atesorados en su retiro y aproveché para dejar de lado las gafas, poniendo mis ojos en manos de uno de los mejores oftalmólogos del momento.  Me cambió la personalidad, edité un carácter distinto y mi ego localizó el verdadero yo, y éste, supo hacerse camino entre la humanidad que pronto encontró en mi un igual.

Y por ahí confiné mi camino. Liquidé una gran carrera y con la fuerza que da ser primero de promoción, topé con un trabajo de primera en uno de los despachos más altos de Plaza Castilla.

Mi camino había dejado de ser mínimo y ahora estaba, cercano a los treinta y marcando pasaje en la cúspide. Deseado por mujeres casamenteras y adorado por seres de ambos sexos no solo por el hecho de mi éxito, también por ser fuerte, por perdurar en mi instinto de salir adelante y entender que solo sobrevive el fuerte.

Duró poco la verdad. Resulta que nadie es perfecto y menos si se lo da por creído. Mi éxito codiciado me llevo a regodearme en la insuficiencia humana de lo relativo y perderme en los placeres de la merecida recompensa,  tal curso llevo la cosa que, en un sin pestañeo, deje simiente en la persona menos adecuada. Termine casado con la hija de uno de los socios fundadores de la empresa que me hubo abierto el camino profesional  y me vi lejos de todos los sueños de ser orgulloso y cautivador que siempre deseara.

Todo viró. Las emociones fuertes, eran ahora hastío y miserable monotonía. El primer hijo, se le hizo poco a mi mujer y engendramos gemelos. Culminé el desastre. Trabajo, hijos, casa, comida familiar el domingo, Semana Santa en la sierra y Agosto en Valencia, esa era mi hoja de ruta. Repetición de todo y años dejados en la cuneta sin más desasosiego de aquel que genera el pasar un mes tras otro.

Tanto me cerqué en mi pírrica y triste vida que deje de notar el giro de la de mi esposa. No supe  saber que ocupaba mi laboral ausencia con la recuperación de los placeres que nuestro trio de vástagos le había robado. Hasta el punto que multiplicó su madurez de los treinta y tantos con todo tipo de conquistas y vicios masculinos. No lo supe saber hasta que, su inconsciencia de  frenesí pertinaz en su vorágine sexual, la llevo a perder su iPhone en un hotel del centro. Justo donde el detective privado que trabajaba para mi despacho, lo encontró con la ayuda de rastreadores satelitales.  El aparato me confesó todo.

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“El aparato me confesó todo”.

No monte en cólera. No inicié un divorcio aprovechando la oportunidad. La dirección que tomé eligió el camino del cual ahora disfruto. Desde ese momento preparo mi venganza. Mi mujer no sabe que encontré ese maldito móvil con una agenda repleta de vicios ocultos. Mi esposa, la madre de mis hijos, no sabe que he descubierto su pasión por la exhibición de su cuerpo ante extraños en la red. Como no sabrá nunca que tengo el arma de su secreto.

Ahora solo me queda terminar la manera en la que orquestar mi deseo de saber como vengar mi daño. Si es que es verdad que lo tengo.

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