El destello.

Es  demasiada blanca la luz del techo. Demasiada  para sus ojos. No quiere claridad que escupa su realidad sobre el resto de las paredes. Está  solo, eso le asquea desmedidamente. Digamos que el albor de esta habitación le desarma hasta el punto de hacerle vulnerable y sentirse atacado sin atinar el enemigo.

Nunca fue de esa forma. Toda su vida la organizó respaldado por alguien o por algo. Lo aceptó  siempre como misteriosa supervivencia amparada en secreta necesidad para viajar por su tiempo.

De chiquillo se enganchó de su madre hasta que dejara de usar pantalones cortos. Luego rebuscó el sustento de los compañeros de clase para arroparse con ellos. Era fuerte, era líder. No necesitó mucho para embaucar a quien le ayudase a todo. Descubierta su capacidad para ser el mejor. Para sentirse con la capacidad de saber embelesar.

Para ello, solo era necesario buscar a los débiles, encontrar a los apartados, a todos los que necesitaban empuje, a quienes se autoexcluían o descartaban los demás. Siempre eran demasiados.  Ellos necesitaban alguien como él. Sencillamente era así.

                                          13-01-16embaucador

La adolescencia solo le trajo más perseverancia. Sus primeros amores llevaron la misma avenida. De tal consistencia fue la cosa que, tuvo la eventualidad de dar rienda suelta a su alteración hormonal de la edad, por encima de media general de sus amigos. No era necesaria la calidad, lo trascendental era la cantidad y que fuera duradero y manejable.

No solo repitió el éxito en los años sucesivos. Lo amplió. Lo hizo con la presteza que lo concibe quien sabe cómo hacerlo, como encontrar el punto débil, lo oculto y la necesidad de las personas. Imperturbable y meticulosamente se casó con Rosa, asmática de nacimiento y tosca de cuerpo y vida. Muy poco que aportar desde el punto femenino y menos desde el intelectual, Rosita había sido la única niñita de Don Raimundo Castro Rodrigo, quien de joven había heredado de su padre, el Castro de la comarca, la mayor planta de distribución cervecera de la nación.

Rosita agonizó no llegados los treinta. Su asma la asfixio una noche que no pudo llegar a tiempo a  sacar de su mesilla de noche el medicamento salvador que abriera sus bronquios.

El llanto de su bebe sacudió muy de mañana a la sirvienta. Una borrasca había impedido a su marido coger un avión la noche anterior en el norte del país. Nadie preguntó a éste porque no había avisado de ello a su mujer ni al servicio.

Un viudo, un niño a criar y toda una hueste  de empleados y sirvientes, hicieron la vida más fácil. Pasó por encima de ilustres ingenieros, de gerentes, consejeros delegados, políticos y consiguió su puesto en un senado muerto de ideas y lleno de trampa.

Después, el negocio  de la cerveza heredado por el padre de un nieto de Don Raimundo Castro, a la última, muerto en un raro accidente de caza, cuando una bala cruzada fue a parar a su celebro, fue finiquitado a una multinacional americana. El Padre senador, se convirtió en multimillonario. El dinero compró empresarios, alquiló jueces y  colocó proyectos. La política adquirió comisiones, formó adeptos y compró una presidencia regional del partido. La siguiente legislatura un ministerio.

Por entonces,  la última generación de los Castro, estrenaba coche en una nevada carretera sueca, donde cursaba estudios de Economía.  En una curva se despidió de su apellido y de la vida al ser empujado por un camión que nadie pudo localizar.

La noticia cogió a su padre en una cumbre europea. No lloró. No dejó que la pena le ocupase más allá de un sepelio bajo la lluvia de Enero. Su vida continuaba y lo hacia con el beneplácito que otorga saberse completo, sentirse lleno de todo y disfrutar de su proyecto.

Hasta que llegó aquella desagradable luz, aquella habitación y aquellos médicos que ahora lo habían abandonado en la mas asquerosa de las estancias de un maldito Hospital pùblico.

No había nadie que se acercase, nadie a quien poder comprar, nadie a quien poder embobar, nadie que pudiera sacarle de encima su problema. Solo y sin localizar solución acertada, decidió apagar la asquerosa luz que ya no se apagaba en su cabeza. La metástasis no la dejaba.

 

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